Primera vez

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Pekín, el restorán de moda en la ciudad, estaba a punto de reventar de clientes que comían, bebían, llamaban a los mozos, bla, bla, bla, chocaban los vasos por lo que vendrá y por lo que se fue, y masticaban, bla, bla, bla y engullían y se esforzaban para escucharse y entenderse.
   El salón principal se había convertido en el sitio exacto para enloquecer: los comensales habían sido tragados por la neblina azul de los cigarros, por las toses y por la música a todo volumen, tum, tum, tum, y bla, bla, bla y los ¿¿Qué?? ¿¿Cómo?? y ¡¡Cof, cof!!, y ¡Qué hermosa veladaaaa! y los bla, bla... Hasta que a las veintitrés cuarenta y cuatro se cortó la luz y todo enmudeció.
   Un dedo alzó la perilla del tablero eléctrico y volvieron la música y las luces, pero lejos de la normalidad comenzó una pesadilla.
   Hay que llamar a un médico, suplicó la moza de la mesa siete mientras miraba al adicionista. ¿No sería más apropiado convocar a la funeraria?, propuso una voz de pigmeo. Qué médico ni funeraria, se quejó el guardia de seguridad. Voy a buscar a la policía: un muerto es un muerto y más aún si tiene un cuchillo clavado en la espalda.
   Cuando llegó el fiscal Dantesco, Raimundo Pesutti yacía sentado a la mesa con el rostro hundido en el plato de fetuccinis al pesto recién servidos. Hubo que enderezarlo en la silla. El saco había perdido la tonalidad crema original por capricho de un hilo de un sangre que brotaba de la herida definitiva y resbalaba espalda abajo hasta gotear en el piso de porcelanatos.
   Xiao Ming no lo podía creer. Un crimen se había producido a dos mesas de donde él festejaba con sus amigos haberse graduado de detective por correspondencia y también haber recibido– a la hora de los postres– la credencial habilitante para ejercer la profesión.
   Ya el primer caso, tan pronto, se dijo.
   –¿Querías ser investigador chinito?, Bueno, ya lo sos. ¡Vamos!, ¡a trabajar!, lo palmeó uno de los invitados empujándolo hacia la escena del crimen, como quien anima a un boxeador a plantarse en el centro del ring.
   En la misma mesa donde Raimundo Pesutti fue acuchillado había profesionales, estudiantes, bailarinas y desocupados; mujeres casi ancianas, púberes y dos meteorólogos errantes que seguían discutiendo acerca de las consecuencias. También estaba Arnaldo Pesutti, gemelo del muerto hasta para elegir vestuario: saco crema, camisa roja con pintas verdes, pantalones chupines y botas tejanas. Fueron como dos gotas de agua hasta recién, cuando Romualdo comenzó a hundirse en ese charco de sangre.
   Para conservar las pruebas, la casa de comidas fue cerrada con todos adentro, ya que el asesino estaba justamente adentro. Caso policial de cuarto cerrado. Un equipo de forenses acaparó todo: fotos, anotaciones, guantes de látex y bolsas transparentes con cierre relámpago. Víctima de entre treinta y cuarenta años. Calvo. Una filmadora registró las maniobras. Recording. Un reflector de pie iluminó todo desde lo alto, listo para revelar alguna evidencia. La luz rebotó contra la empuñadura del cuchillo asesino todavía clavado en la espalda de la víctima. La hoja recién pudo ser vista y examinada durante la autopsia: doce centímetros de largo por tres de ancho, tipo serrucho, quedó asentado en el expediente. El arma asesina era uno de los cubiertos empuñados por alguno de los comensales de la siete.
   El menú de caras de los sospechosos no era de gran ayuda para los pesquisas, pero sí para el detective Ming. Asustados, tristes, preocupados. Nada nuevo, pensó, hasta que vio cómo uno de ellos mantenía la mirada clavada en el rostro del muerto, más precisamente en la boca del muerto.

   Pekín no era sólo la capital de China, sino un restó asiático-argentino que funcionaba frente al parque de diversiones y a dos cuadras de la estación de tren de alta velocidad. La variedad de platos que ofrecía era infinita y por un buen precio los clientes podían pasar horas, días y semanas enteras comiendo y bebiendo sin freno. En más de diez años, en sus instalaciones jamás hubo roces. Todos eran buenos modales aun después de los ríos de vino y de licores y de wiski. Pero esa madrugada en Pekín se estaba investigando una muerte por apuñalamiento por la espalda.
   Durante el visteo de rigor, uno de los platos a medio comer captó la atención del investigador. Era una cabeza de cerdo. Rosada, carnosa y arrugada. El hocico era ancho y tenía dos cavernas por fosas nasales; cerrados como de quien duerme, los ojos eran dos líneas breves, oscuras y adornadas por pestañas. Las orejas eran puntiagudas. Stop. Corrección. La oreja. Porque había solo una oreja. ¿Y la otra?, se preguntó Ming.
   La otra oreja, supo después, había sido encontrada adentro de la boca del muerto cuando el forense pudo destrabarle las mandíbulas. Para ello utilizó un expansor alquilado en un taller de chapería y pintura. Muy cerca de morir, Romualdo Pessuti la había mordido con fuerza casi sobrehumana, digna de un rival igualmente poderoso.
   A simple vista, ninguno de los que compartieron la mesa con el muerto habría podido batallar con él. Excepto el gemelo, que tenía brazos cortos y muy fibrosos. El detective Ming sintió que la cabeza le daba vueltas de sólo pensar que podía estar frente a una versión local del pasaje bíblico interpretado por Caín y Abel.
   Casi al amanecer y cuando comenzaba a reinar el desconcierto, el forense llamó al restó para dar un detalle clave: el asesino era zurdo. Ming cortó la comunicación y volvió al salón. La única silla vacía de la mesa siete era la del muerto. El detective se paseó por detrás de las cuatro personas que permanecían sentadas, dos a la derecha y las demás a la izquierda.
   Necesitaba claridad de pensamiento, y para eso estaban sus dados, que arrojó al aire una y otra vez, mientras camibana por el patio del local. Intuición y deducción lo llevaron a descartar a los comensales ubicados a la izquierda de la silla del muerto. Era casi imposible que alguno de estos, en caso de ser zurdo, se hubiera encaramado a la espalda del gemelo para asestarle la estocada en el omóplato derecho. Así que puso el ojo en los que estaban a la derecha. Desde este sector sería más lógico atacar a alguien como el muerto, se dijo. Uno de los sospechosos ¡tenía el brazo izquierdo enyesado y colgando de un cabrestillo!, lo que lo obligaba a descartarlo completamento. El otro era ¡el gemelo del muerto! y se transformaba, de ahora en más, en el principal sospechoso.
   Ming decidió someter al gemelo a una prueba para saber si era zurdo o diestro. Se acercó al mostrador y con varias servilletas de papel hizo un bollo, que arrojó al sospechoso a la altura del rostro.
   – ¡Oiga Pesutti! -le había dicho para captar su atención.
   El gemelo reaccionó rápido y atrapó el bollo de papel con la mano más hábil: la izquierda. Ming caminó directo hacia él. El caso iba tomando otro color.
   – No lo detenga detective, ¡se lo suplico! Romualdo no mató al hermano. Yo puedo contarle todo –dijo la moza de la mesa siete, cubriéndose el llanto con un delantal de cocina– .
   – La escucho –propuso Ming–. Busquemos un lugar más tranquilo.
   – Los Pesutti siempre fueron desaforados para comer y beber –contó la mujer– . Aquí cenaban los miércoles y viernes, y así como pagaban bien exigían atención exclusiva. Eran gemelos hasta para elegir la comida.
   – ¿Me va a decir qué sabe del crimen o vamos a seguir perdiendo el tiempo? –interrumpió el pesquisa– .
   – A eso iba. La semana pasada, ambos pidieron guiso de arroz con calamares. Este miércoles coincidieron en papas fritas y habas con jamón, pero hoy eligieron fettucinis con pesto y...
   – No entiendo – Ming estaba empezando a perder la paciencia– .
   – ...también pidieron cerdo, así que les servimos la única cabeza que había. Todo fue paz y armonía mientras la cabeza del animal estuvo intacta, sobre la fuente que yo misma dejé entre ambos. Hasta que Raimundo alargó la mano y se apoderó de la cabeza con ambas manos. Ahí comenzó esta tragedia.
   – ¿Está segura? -dijo Ming.
   – Sí. R no soportó que su gemelo fuera a comerse el manjar en solitario, así que le dio un manotazo y ambos forcejearon un largo rato. Pude ver todo desde la cocina. Romualdo estuvo a punto de quedarse con la parte del cochinillo pero Raimundo se la arrebató: ahí comenzó la desgracia.
   – ¿Por qué?
   – Es que Raimundo mordió la oreja derecha del animal y lo hizo con tanta vehemencia que la rebanó en seco. ¡Crac! Romualdo no pudo soportarlo. Mutilado, el menú ya no era lo mismo. A Romualdo los ojos verdes se le nublaron, los pómulos se le amorataron y hasta le escuché gritar su venganza, antes de alzar el cuchillo contra el gemelo para después asesinarlo.
   El llanto de la testigo coronó la exposición.
   Nada es lo que parece. Siete días después, la moza de la mesa siete no pudo más con su conciencia. La culpa estuvo a punto de volverla loca, así que decidió decir toda la verdad, y nada más que la verdad, ante el fiscal Dantesco.
   -Yo maté a Raimundo Pesutti -dijo y se entregó.
   Hoy, la moza de la mesa siete vive en la cárcel de mujeres.

   Pasó más de un mes del crimen en la casa de comidas. El detective Ming se sienta en medio de la plaza principal. Tiene una cita con Romualdo Pesutti, que ahora camina hacia él. Viene del cementerio, adonde ha depositado astromelias y otras bellas flores para su desgraciado gemelo.
   – Todavía no puedo creerlo detective.
   – Ni yo, señor Pesutti.
   – La moza de la mesa siete ¡amaba! a mi hermano. Siempre tan atenta, servicial y sonriente con él, y conmigo... tan distante, inexpresiva.
   – Nada es lo que parece, Pesutti.
   – Sí, pero de ahí a matarlo ¿Por qué lo hizo?
   – Por usted lo hizo, Pesutti; porque vio en sus desaforados ojos verdes que ¡usted! sería capaz de matar a su propio hermano por esa cabeza de cerdo. Pero la moza de la mesa siete, y esta es una interpretación más cercana a la psicología, también mató por ella, porque entendió que no soportaría tener que visitarlo a usted en prisión.
   – Ming.
   – ¿Sí? -el detective miró al cielo y sintió que esa noche sería justa para mirar las estrellas con su telescopio nuevo.
   – ¿La gente mata por amor? -dijo Pesutti.
   Una bandada de pájaros se posó justo frente a ellos, acaso esperando escuchar la respuesta.
   – ¡Quién sabe, señor Pesutti; quién sabe...!

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