La Sombra

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¿Un camión blindado repleto de billetes?
   Sí.
   ¿Lingotes de oro?
   También.
   ¿Obras de arte? ¿Joyas?
   Por supuesto.
   Estos bienes son repetidos objetos del deseo criminal en el mundo. Pero ¡una sombra! ¿Quién robaría la sombra de una persona?

   Xiao Ming sintió que sería detective a los doce años, cuando la curiosidad por escarbar en situaciones y en vidas ajenas en busca de respuestas, pareció atravesarlo con la determinación del rayo en plena tormenta.
   Sucedió una tarde de mayo, en la biblioteca municipal, mientras leía el final de El loro chino, una de las mejores aventuras policiales encarnadas por el inspector Charlie Chan en 1920.
   Aquel Xiao Ming de pelo revuelto y de rostro brotado por la preadolescencia estaba muy lejos de contraer esta insoportable alergia a la pólvora que ahora, a sus veintisiete años, le provoca severas crisis de estornudos, de ojos rojizos y de pañuelos mojados.
   Cautivado por esa historia literaria plena de intrigas, Ming –hijo de una pareja china que llegó a América expulsada por la devastadora gripe aviaria–; jamás imaginó que hoy, todo un investigador de carne y hueso, aceptaría trabajar en un asunto, digamos... poco convencional: un robo. Pero ¿no es el robo uno de los delitos más comunes, de acuerdo a lo que Ming había aprendido en la escuela de detectives por correspondencia? Sí, pero siempre y cuando el robo ocurra en cajas de caudales repletas de billetes con perfume a nuevo. O cuando el botín sea una bolsa con diamantes únicos o un lote de piezas catalogadas y expuestas en salas de arte bajo custodia de sistemas infrarrojos.
   El robo es un delito común que se multiplica en el mundo, incluso cuando es ejecutado a punta de ametralladoras por enmascarados con solo treinta segundos para dar el golpe de sus vidas. Y hasta cuando sucede por obra y gracia de algún coleccionista caprichoso que siente que nada podrá detenerlo, porque sabe que tiene razón. Muy lejos de esos casos que se transforman en noticias policiales en cualquier parte del globo, Ming trabaja para descubrir qué pasó con la sombra de una mujer, que ahora termina de exponerle su infortunio con detalles y muchísima preocupación.

   – Cuando tenga novedades venga directamente a mi casa -se despide Marina Luz, apenas rozando la mano del detective.

   Ming se acerca al ventanal del bar donde estuvieron reunidos hasta hace unos segundos y observa a Marina Luz, que cruza la calle. ¡Es cierto! A pesar de la resolana, la sombra de la clienta no se proyecta en el pavimento ni en la vereda, como sí ocurre con las siluetas de los demás transeúntes y de los vehículos y de los edificios. En plena conversación, el investigador pensó que Marina Luz sufría algún trastorno, confusión o delirio. Porque ¿a quién podría interesarle apoderarse de una sombra ajena? ¿Y para qué?, se preguntaba mientras abría sus ojos achinados con mucho esfuerzo, fingiendo sorpresa. Solo le había faltado decir ¡Qué increíble! para que la actuación fuera digna del aplauso cuando la mujer agregó:

   – Hace dos noches advertí que mi sombra había desaparecido. Fue en el patio, miré la pared y ya no estaba. Nunca antes me había faltado.

   Ming preguntó si alguien más había presenciado el curiosa episodio.

   – Sí, detective: mi querido Pericles.
   – Con mucho gusto escucharé a su esposo -se entusiasmó el pesquisa.
   – Espere Ming, Pericles no es mi marido -advirtió ella.
   – Bueno, la ayuda de un hermano o de un amigo puede ser invalorable en estos casos...
   – Pericles tampoco es pariente mío. Es un loro. Mi única compañía.

   Marina Luz no recordó con precisión cuándo fue la última vez que ella y su sombra habían estado juntas. La vi el viernes a la noche, temblorosa, sobre la puerta de entrada. Aunque pudo haber sido el sábado -dudó-. La mujer se quedó en silencio, esperando que Ming saliera de una especie de laberinto mental, ajeno a su entorno. Es que Ming pensaba en el loro, pero no en Pericles, sino en El loro chino, y en lo valioso que había resultado ese plumífero para que el inspector Chan resolviera el misterio literario. Y se dijo que ojalá, algún día, él pudiera tener un loro así.

   Días después, la preocupación del detective Ming iba en aumento por la falta de pistas concretas. Borrón y cuenta nueva, decidió. Mientras repasaba el caso de la mujer despojada de su sombra, con un loro como único testigo, sintió que lo mejor sería visitar la casa donde había comenzado la intriga. Aunque fuera casi medianoche.

   Ming llegó siguiendo las indicaciones que Marina Luz había escrito en una servilleta pero más especialmente su conocimiento, cada vez más profundo, de la ubicación de las calles de la ciudad. Tenía un mapa en la cabeza, y funcionaba como esas aplicaciones informáticas que en pocos segundos rastrean hasta que ¡bingo! Vivo detrás del museo, en la única casa blanca, había precisado la mujer. Al llegar, el detective fue sorprendido por un cartel clavado en el jardín. SE VENDE. Raro, se dijo, porque Marina Luz nunca mencionó esa referencia. Estaba por tocar el timbre cuando la puerta fue abierta desde adentro.

   – ¿Trajo novedades? -se animó Marina Luz.

   Ming entró pero se quedó pensando en los ojos de la mujer: estaban algo descoloridos, distintos respecto del primer encuentro.

   – Acaso sea tarde para hacer visitas… -se disculpó el detective, ceremonioso- ...pero quise recorrer el lugar donde advirtió la ausencia de su sombra.
   – El patio -dijo Marina Luz- vamos al patio. Está al final del pasillo.

   Caminaron en silencio. Ella suspiró largamente y Ming pudo oler cierta tristeza. Ese indicio no le gustó nada.
   – ¿Hace mucho que puso la casa en venta? -dijo para salvar la situación de incomodidad. La mujer no contestó.
   – No quise ser indiscreto –dijo él- pero el cartel en el jardín.
   – ¡No fui yo quien puso en venta esta casa, detective! –cortó ella, drástica.
   El patio los recibió y Ming lo estudió a fondo. Vio un reflector alumbrando macetas viejas y una pared -la pared- donde ya no volvió a proyectarse la sombra de Marina Luz. Y también un jaulón de esos en los que únicamente puede vivir un loro. El piso de baldosas estaba sembrado de semillas de girasol. Ming se acercó a los barrotes en busca de Pericles: quería mirarlo y escucharlo decir alguna de esas palabras que dicen los loros, y que a veces son palabrotas que desatan carcajadas, pero lejos de un ave inquieta y charlatana y de plumas fuertes y coloridas, el detective se encontró con un pájaro sin comida. Ni agua. Mudo. Y terriblemente asustado. Algo crujió bajo una pisada del detective: una cáscara de zapallo para Pericles. Vieja, seca. ¿Así hambreaba Marina Luz a su única compañía?, se inquietó Ming y evocó al loro del inspector Chan. Robusto, parlanchín y equilibrista en su anillo.

   – Veo que le preocupa el estado de mi Pericles -irrumpió la mujer-. A mí también, por eso lo atraje a mi casa, detective.
   – Señora -arrancó Ming, indignado-, Pericles debería tener agua fresca y comida siempre al alcance, si realmente usted lo quisiera tanto como dice.
   – En la heladera quedan zapallos y manzanas. ¿Le daría de comer? -propuso la anfitriona.
   – Sí, pero después seguiremos hablando de su desaparecida sombra. No hay tiempo que perder.
   – Es cierto detective, esta es una carrera contra el tiempo –y un gesto de alivio se dibujó en la cara de Marina Luz.

   Bastó que Ming cerrara la puertita del jaulón, por fin reabastecido, para que Pericles se arrojara con desesperación sobre la comida y el agua.

   – Cuánta dedicación hacia mi Pericles, detective. Se lo agradeceré siempre -dijo la mujer, cerca de la pared sin sombra de la dueña de casa. Ming ya había reparado en ese detalle, raro y escalofriante a la vez
   – Yo amo a las aves –arrancó el detective-. Todo comenzó con una vieja historia que conocí en mi niñez, aunque había sido escrita muchos años antes. Quédese tranquila que mañana este loro estará mejor.
   – Yo sé de su afición por la crianza de canarios y diamantes mandarines, bellísimos por cierto -Marina Luz calló.
   – ¿Le pasa algo? –dijo Ming, sorprendido por la información que la mujer tenía de él. ¿Acaso ella también era investigadora o espía?
   – Sí detective; estoy bien -respondió. Pero Ming la notaba cada vez peor, como ida.
   – Pericles estará mejor detective, porque desde mañana ¡Pericles será suyo! Prométame que lo cuidará y le enseñará palabras nuevas y también a recitar.
   – ¿Qué? ¿Usted ya dejó de quererlo?
   – Yo hice mi parte, detective. Lo atraje a usted hasta mi casa ¡en-ga-ña-do! con una sola finalidad: que se hiciera cargo de Pericles. Y cuando digo en-ga-ña-do es porque yo siempre supe porqué mi sombra había desaparecido.
   -¿Quién la arrebató?
   – Piense detective. Le daré una pista: mi casa. ¿Cree que yo querría venderla? Aquí nací, crecí y fui muy feliz. Arriesgue.
   – No sé qué opinar –Ming se mostró cauteloso. De un bolsillo sacó dos dados que lo acompañan en los momentos en que necesita mayor concentración y claridad de pensamiento. Y se aferró a estos como a un amuleto.
   – ¡Jamás hubiera puesto en venta mi casa! Pista número dos: Pericles.
   – ¿Qué pasa con el loro?
   – Fue mi única y fiel compañía durante siete años, mis últimos años. Míreme a los ojos, detective ¿me cree capaz de condenarlo a morir de hambre y de soledad?
   – Me costaría creerlo -que Marina Luz hablara en tiempo pasado sonaba extraño para Ming. Alerta máxima.
   – Ahora debo irme, detective.
   – Yo también. Pero usted ¿adónde irá a esta hora?
   – Eso no importa. Adiós mi querido Pericles. Ah, y no olvide enseñarle algunas palabras chinas.

   A la mañana siguiente, mientras buscaba pistas en la casa de la mujer sin sombra, Ming confirmó la terrible sospecha: Marina Luz había muerto dos meses antes, y con ella también su sombra. El futuro de Pericles había sido su último desvelo.
   Bastante recuperado, el loro había dado un indicio clave para comenzar a desentrañar el misterio. A Ming le bastó poner mucha atención en medio de ese torbellino de repeticiones y chillidos de loro.
   – ¡¡¡Murió, murió!!! –gritó Pericles mientras picoteaba la puerta.
   – ¿Marina Luz? –quiso saber Ming, mirándolo a los ojos.
   – Murió ¡Marina Luuuuuz! -llamó-. Holaaaa. Hoooola. La papa, la papa. No, no, no – gritó Pericles, ya entregado al vaivén del columpio, aleteando con fuerza y chillando sin parar.

   Juntos, usted y Pericles se llevarán muy bien detective, le había dicho Marina Luz, como en un susurro, la noche anterior, antes de desaparecer para siempre, como si nunca hubiera estado ahí.

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En pocas semanas estará a la venta el libro del detective, con 100 páginas contando los 12 casos de los más importantes de su carrera con ilustraciones que acompañan sus inicios, los desafíos de la profesión y la emoción por la aventura.

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